Mireia y Ricardo, presentando su bodega en Proava. Aldea Los Cojos, Requena
Bodegas Del Valle reivindica las microvinificaciones de viñas viejas en el corazón de las Hoces del Cabriel
En un contexto donde la diferenciación pasa cada vez más por la autenticidad, la recuperación de viñas viejas y la expresión de origen, el proyecto de Mireia y Ricardo representa una manera de entender el vino basada en la observación de cada parcela, la mínima intervención y el respeto por un paisaje singular. Un modelo de pequeña escala que encuentra precisamente en esa dimensión su principal fortaleza.
En un sector donde la dimensión empresarial suele marcar buena parte del discurso, siguen existiendo proyectos que encuentran su razón de ser en la escala humana, el arraigo al territorio y la interpretación personal del viñedo. Es el caso de Bodegas Del Valle, pequeña bodega familiar ubicada en la aldea de Los Cojos, en Requena, que protagonizó una nueva sesión del ciclo de presentación de proyectos vitivinícolas que desarrolla Proava en Valencia.
La cita permitió conocer de primera mano la filosofía de trabajo de Ricardo del Valle y Mireia Vera, matrimonio y propietarios de una iniciativa que reivindica la elaboración artesanal, las producciones limitadas y el valor de las parcelas históricas como elemento diferenciador. Un proyecto joven en su configuración actual, ya que la bodega abrió sus puertas en 2019, pero con profundas raíces familiares, pues el bisabuelo de Ricardo ya elaboraba vino en el mismo edificio en 1941.
Durante la presentación, Ricardo del Valle definió la bodega como un proyecto “familiar y pequeño”, centrado en las microelaboraciones. La producción apenas alcanza las 7.000 botellas anuales. Una dimensión que les permite trabajar cada parcela de manera independiente y adaptar la elaboración a las características específicas de cada viñedo.
“No seguimos modas”, vino a resumir Del Valle al explicar una filosofía basada en interpretar las particularidades de los suelos, el clima, la orientación y las variedades. Todos los vinos son monovarietales y de parcela, una decisión que busca trasladar con la mayor fidelidad posible la personalidad de cada viñedo.
La singularidad del proyecto comienza precisamente en el campo. Aunque la familia dispone de 45 hectáreas de viñedo en propiedad, únicamente cuatro hectáreas se destinan a las elaboraciones de la bodega, mientras que el resto de la producción se entrega a la cooperativa. Las parcelas destinadas a vino propio son extremadamente reducidas: la mayor apenas alcanza media hectárea de extensión.
El viñedo se encuentra íntegramente dentro del Parque Natural de las Hoces del Cabriel, en un entorno que combina altitudes comprendidas entre los 595 y los 710 metros sobre el nivel del mar. Todo el cultivo se realiza bajo manejo ecológico y sobre un mosaico de variedades, entre ellas Macabeo y Tardana, en blancas y Bobal, Garnacha Tinta, Tempranillo, Garnacha Tintorera y Merlot, en tintas.
La cata comenzó con Molineta Macabeo 2024, un blanco elaborado esta añada íntegramente en depósitos de acero inoxidable y criado sobre lías estáticas. Procede de una parcela de suelo calizo plantada por los bisabuelos de la familia y de la que únicamente se obtuvieron 864 botellas. En nariz mostró un perfil delicado, maduro y vinoso. Aparecieron notas de fruta blanca cremosa, piel de ciruela amarilla, apuntes de polen cítrico y amargo, lías dulces y recuerdos pajizos. En boca destacó por su intensidad y amplitud, con una textura envolvente y almendrada, sensaciones grasas y recuerdos de aceituna verde. El alcohol forma parte de su carácter sin descompensar el conjunto. Un recuerdo floral dulce, una acidez superior a la que inicialmente aparenta y un final ligeramente especiado desembocan en un amargo de monte que aporta longitud al vino.
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La evolución del proyecto queda reflejada también en esta referencia. Del Valle avanzó que la cosecha 2025 incorporará cambios relevantes, con fermentación maloláctica y crianza en barrica.
La segunda referencia fue Avispero 2024, un rosado intenso de Bobal con apariencia de clarete del que únicamente se elaboraron 948 botellas. Procede de cepas plantadas en 1940 y constituye, según explicaron sus responsables, una reivindicación consciente de un determinado estilo de vino.
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La expresión aromática resultó elegante y frutal. Surgieron notas de cereza dulce, piel de ciruela roja, carne de melocotón y manzana Fuji, acompañadas por matices de romero, pimienta negra, flores dulces y guinda. En boca se mostró amplio, vinoso y serio, con amargos limpios de monte, recuerdos de clavo y una textura grasa derivada del trabajo con lías. La buena acidez sostiene un tono frutal constante que desemboca en un final con recuerdos de té rojo y una interesante sensación mineral, entre registros blancos y férricos. Un vino que transmite potencial de evolución.
La tercera elaboración presentada fue Jareta 2024, una Garnacha Tinta procedente de una parcela orientada al suroeste. La producción alcanzó únicamente 820 botellas. El vino ofreció una sensación especialmente natural desde el primer momento. En nariz aparecieron frutillos rojos en sazón, fruta de hueso dulce, cereza en licor, flores maceradas, hierbas de monte y recuerdos de pámpana de vid. El centro aromático se desplaza hacia registros más golosos y ligeramente confitados. En boca se mostró honesto, directo y fresco. La buena acidez sostiene una expresión de fruta de verano acompañada por una textura tánica cremosa y saludable. Surgen además sensaciones de arcilla y canto rodado que refuerzan la lectura de origen. El conjunto resulta largo y estructurado, despertando curiosidad por observar su evolución en botella.
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Precisamente Jareta forma parte, junto con Pleita, que probamos a continuación, de la nueva línea de vinos impulsada por la bodega. Según explicó Mireia Vera, se trata de referencias más informales y alejadas de perfiles tintos más clásicos, aunque igualmente expresivas de las variedades que les dan origen. Ambos nombres remiten además a antiguas técnicas de trenzado del esparto, estableciendo un vínculo entre patrimonio cultural y elaboración vitivinícola.
La cata concluyó con Pleita 2021, una Bobal elaborada y criada en tinaja, de la que apenas se produjeron 600 botellas. Procede de la parcela más antigua de la familia, plantada en 1930 sobre un suelo de gravas y arenas situado junto a una rambla. El rendimiento es extremadamente bajo, apenas 700 gramos por cepa. La elaboración incluye fermentación con levaduras autóctonas, crianza en tinaja de barro y un posterior reposo durante dos años en botella en los antiguos trullos subterráneos de la bodega.
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En nariz se mostró intenso, con una entrada ligeramente licorosa donde destacan las notas de ciruela madura y parcialmente confitada. Aparecen también hierbas aromáticas de monte, regaliz, matices minerales terrosos, recuerdos de pámpana de uva, cacao y pétalo blando. La boca ofrece densidad y una concentración elegante. La acidez frutal mantiene viva una fruta madura que se apoya en un tanino procedente de hollejos bien soleados. Surgen notas de clavo, un ligero recuerdo de tabaco y nuevos registros de monte mediterráneo. Un vino que transmite capacidad de guarda y recorrido futuro.
Más allá de los vinos, la presentación sirvió para conocer una iniciativa comprometida con la conservación del patrimonio vitivinícola local. La bodega desarrolla labores de recuperación de viñedos antiguos y de restauración de piezas históricas vinculadas a la cultura del vino. Además, complementa su actividad con la elaboración de aceite de oliva virgen extra de la variedad Cornicabra.
La jornada también permitió poner el foco en otro de los proyectos colectivos en los que participa activamente la bodega. Mireia Vera, vicepresidenta de la Asociación de Bodeguetas del Interior Valenciano, recordó la creación de esta agrupación integrada por once pequeños proyectos vitivinícolas unidos por una filosofía común basada en el respeto al territorio, la producción artesanal y la defensa de la identidad rural. Precisamente, la asociación será protagonista el próximo 6 de junio dentro de la programación de Requena Ciudad Española del Vino 2026, con un evento abierto al público en el Patio del Mercado de Requena. Entre las 18 y las 22 horas, los asistentes podrán conocer y degustar los vinos de las once bodegas participantes, acompañados por propuestas gastronómicas, música en directo y una cata teatralizada.









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